lunes, 3 de mayo de 2010

El clavicordio que toca la melodía de la vida

Son las diez de la noche. Me recuesto en la cama, cierro los ojos; nada. Diez con treinta y cuatro minutos. Me recuesto de nuevo, cierro los ojos y me esfuerzo…nada.

Han pasado cuarenta y siete años desde aquel día y ningún sueño se ha proyectado en mi interior.

Once con cuarenta y cinco. Esta es una noche diferente, lo presiento. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Un gran tambor marca el ritmo de la noche. Cierro los ojos y me doy cuenta que los tengo más abiertos que nunca. Es como si sostuviera un enorme dado en mi mano derecha. Azar. Las luces están apagadas. Un sismo sacude la habitación al igual que cada célula de mi cuerpo. De pronto, se detiene; todo se vuelve liviano, como si la gravedad hubiera muerto. Los peces, que antaño nadaban al interior de la pecera, flotan delicadamente alrededor de mí. Rozan mis cabellos. De sus bocas salen canciones en idiomas que desconozco, pero que puedo entender.

El clavicordio que toca la melodía de la vida se ha desafinado.

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